"Ninguno de los
BRICS tiene un historial de desarrollo sostenible limpio"
(Adhemar Mineiro,
brasileño estudioso de las economías BRICS)
En Brasil existe una
gran paradoja, por un lado su gobierno promueve la pequeña producción agrícola
familiar para combatir la pobreza y la desigualdad y mejorar la seguridad
alimentaria, lo que pareciera romper con el Modelo Global de Desarrollo. Pero
al mismo tiempo, multiplica la "agricultura patronal", basada en los
monocultivos y en la concentración de la tierra, que crea desempleo y afecta el
ambiente; es decir su lógica es el productivismo, se desempeña con la premisa
de que los recursos naturales son infinitos.
Por un lado, el
gobierno promueve una cooperación técnica "del bien" con países
africanos, en agricultura familiar y autosuficiencia alimentaria, por ejemplo. Por
otro, practica "una cooperación del mal", como la que promueve el
desarrollo de su propia tecnología para producir etanol de caña de azúcar y
adquiere tierras a gran escala en terceros países para implantar monocultivos
como soja o caña, repitiendo el modelo del agronegocio nacional, describió el
activista Adriano Campolina en el marco de la la Cumbre de los Pueblos paralela
a la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible, Río+20.
Brasil percibió que su
deseo de ser un gran proveedor mundial de biocombustibles no podría concretarse
con él como único productor, y por eso comenzó a estimular a otros países –la
mayoría en África– a invertir en eso. La estrategia brasileña, que trae
aparejada consigo graves consecuencias socio-ambientales, es la de multiplicar
el número de países abastecedores de etanol en África, Asia y el resto de
América Latina, sin monopolizar el mercado mundial. Además, que ese modelo de
explotación de recursos naturales en Brasil parece "insustentable",
por eso se lo aplica en el exterior.
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